Mi amiga la Noche y hemos sido contratadas para ayudar en un funeral. Ella para hacer ejercicios físicos de relajación con los invitados (es maestra de Pilates) y yo para asistir con la parte emocional y hacer un ritual personal, más personal que la misa esperada.
El velorio es en una sala de una casa, en un lado hay una cama, y en la cama, cubierta y envuelta en sábanas, está la muerta. Bueno, su cuerpo. La Noche y yo estamos en un cuarto al lado de la sala, preparando nuestras cosas: ella sus pelotas ligas y ejercicios, yo mis materiales de arte. Hablamos de qué raro tener a la muerta sin caja, que finalmente es más amigable, creemos que nos gusta más, pero se nos hace raro. En el cuarto donde estamos hay dos camas, y en una de ellas hay otra muerta. Se llamaba Susana. Está envuelta en sábanas también y tardamos un rato en descubrir que sí, hay una muerta en el cuarto. Después de disfrutar tanta plática y el placer de estar trabajando juntas, estamos un poco en shock. El mismo miedo que no teníamos antes ahora lo tenemos. El cuerpo estaba ahí antes y el miedo acaba de llegar.
Me levanto del piso donde tengo mis cosas, miro a Susana, le digo a La Noche que no sé explicar el miedo. El cuerpo del muerto es el mismo que hace unas horas era una persona. Es el mismo, antes lo hubiera abrazado, reído, le daría masaje, le tomaría la manita… y ahora le tengo miedo. Le digo que me da miedo la quietud absoluta. Me da miedo porque no sé ver a los cuerpos sin latidos pulsos temperaturas respiraciones y cosas naciendo y muriendo bajo la piel. Me da miedo la quietud. Y entonces veo que no hay esa quietud en el cuerpo de Susana. Noche, Susana no está quieta. Y Susana se levanta y dice que no, que es un error, que ha dormido mucho pero nada más. Estamos contentas, la abrazamos, le sobamos la espalda, le damos besitos en la cara, le apretujamos los brazos para calentárselos.
Es el mismo cuerpo, pero vivo. Y aún así, los cadáveres me dan miedo.
(Es otro de mis sueños reveladores… falta uno bien loco de ayer, luego lo cuento).