La mamá de Nenita ha sido diagnosticada con depresión. Llegó un día a casa, dolor de cabeza, mareo, dolor de cabeza, mareo, unos días, muchos días, análisis, estudios, dónde está el bicho, qué órgano no está sano. La parte de ella que está enferma es su hija. Y por eso Mamá de Nenita tiene que tomar medicina, asisitir a grupos, ir a las terapias. Porque su chiquita, largo tiempo esperada, no llegó. Le llegó otra, diferente, con parálisis cerebral y un cuerpo que no deja de enfermarse. En un tiempo estuvo un poco lúcida, se comunicaba, aprendía cosas; ahora no. Ahora son los riñones, el cerebro, los espasmos musculares. Los médicos dicen que nada, que no se puede hacer nada y que hay demasiado daño, que si bien han visto todo tipo de milagros, lo más milagroso que esperarían es que su organismo deje de colapsarse y Nenita pueda pasar más tiempo consciente, o al menos en paz.
A su mamá le duele la hija menor. A su papá le duele su hija menor. A los cuatro hermanos, la hermanita menor. Están llenos de dolor. Mamá se rasca, se sacude, se desmaya, se quiere dormir, se toma la medicina, va al grupo, pero nada le ayuda, no puede estar, porque le duele todo y le dolerá más y no sabe dónde sobarse. No sabe si hablar de ella en presente, futuro, o pasado, por las cosas que ya no puede hacer y que un día sí pudo.
Los he visto tantas veces, unas mejor y unas peor. Unas ocasiones que parecían de las malas, ahora resulta que son de las buenas, porque está todo peor aun. Me duele su dolor, o eso parece. Me duele mi propio dolor. Me duelen con efecto retardado, los tenía claros, ahí, afuera, pero hace tres noches que sueño con ellos, nada, sólo que la mamá la carga para que la enfermera ajuste la cama, que los veo en el hospital, que nos saludamos al pasar. Y no dejo de pensar y se me aplasta el corazón. Por su dolor, por mi dolor.