La historia de Lluvia es ésta: estaba en el hospi por causas desconocidas. Observación, que le dicen. Pasó todo un día en su cuarto con mamá y papá, sólo fui a saludar para que al segundo día ya fuera una cara conocida y lo más importante, una cara que no la picó con jeringas ni la esculcó como delincuente ni dijo palabras larguísimas en un idioma desconocido (el idioma médico). Ella me miró, sonrió y no dijo una palabra. Ándale, Lluvia, dile algo a la muchacha, dile gracias, saluda. Y yo: no, no hace falta, mejor otro día que agarre confianza. Me fui. Siguiente día no quiso salir del cuarto conmigo para jugar. Llevé plastilina y colores y juguetes a su cuarto. Ándale, Lluvia, dile gracias, mira qué cosas lindas te trajo, algo dile. Y yo de nuevo: no, después.
Mismo día médicos hablando en el cuarto con papás y Lluvia los veía con cara de entes desconocidos de qué estarán hablando. La invité a jugar con plasilina. Dijo sí porque su mamá la llevó. Estuvimos jugando las tres. Mamá preguntaba Lluvia qué vas a hacer con esa plastilina, y Lluvia decía en voz baja un vestido. Yo hice un perro espacial con muchos ojos y colores azules. Lluvia me quitaba la plasti que yo dejaba descuidada en la mesa. No me hablaba. Yo pensaba, bueno, le toma tiempo sentirse cómoda con extraños, que se tome su tiempo, pasa normalmente en hospitales, tal. después de una hora o así Papá de Lluvia llegó y Mamá de Lluvia se fue con él. Vamos aquí abajo, dijeron, por un café. Yo tenía nervios, pensando si Lluviecita estaría tranquila conmigo. Le preguntaron, dijo sí.
Se fueron. Diez segundos después, toda la travesura del mundo se agolpó en los ojos negros grandotes de Lluvia que me dijo “ya se fueron” y luego carcajada. Y yo con cara de interrogación. Y Lluvia me contaba todo. Que va a tener una hermanita, que se llamará Luna, que ella le escogió el nombre, que ella se escogió su propio nombre, Lluvia, que su abuela, su perro, su mamá, su casa, su escuela. Güiri güiri sin parar y con tanto entusiasmo que mis intervenciones se limitaban a interjecciones y gestos con la cabeza. Mientras tomaba toda la plastilina y la revolvía y cada nuevo color que se formaba la llenaba de emoción y gritaba “wooooooooow” y decía “Mira, mira, desapareció el azul ahora es gris, desapareció el amarillo, ahora es gris, este vestido va a ser muy elegante para una fiesta”. En un momento decidió que mi perro espacial tenía que ser parte del vestido, adiós perro espacial, cumple tu destino.
Asi hasta que oh sorpresa, descubrió que Mamá y Papá de Lluvia estaban en la sala atrás de nosotras, escuchando a Lluvia jugar con su vestido de fiesta. El vestido era un diseño único que el ojo inexperto vería como una bola inmensa de plastilina. Y la fiesta era en mi corazón, y en mi mente porque no entendía nada de esa niña, pero cómo nos estábamos divirtiendo.