Y no es que me tenga que justificar. Hoy en día, cualquier hijo de vecino (como yo) tiene un blog y llena la red con sus tarugadas. Al menos este blog tiene la misión de descargarme el corazón y hacerme un poco más sana emocionalmente. Uy, pobre blog, compensando por lo que los años de terapia no han logrado.
El punto es: trabajo en hospitales. Con niños y niñas y adolescentes y sus familias. Unas veces mi corazón está muy feliz, y salgo llena de energía. Otras veces, salgo con el cuerpo adolorido y sueño que se muere mi familia, que todos tienen enfermedades mutantes o que tengo que cruzar una alberca de agua obscura en cuyo fondo viven perros de pelea. Últimamente es una mezcla de las dos cosas, y como no he aprendido a acomodar todo eso, pues lo escribiré. Todo.
Los nombres, edades, diagnósticos, han sido transformificados para proteger la identidad de quienes los portan. O sea, que si le atiné a alguien real, fue puro tinmaríndedopingüé. Y obvio, al que le caiga el sapo la pedrada. No. Al que le avientan un saco, regresa una pedrada. No. Si te avientan una piedra y no tienes un saco, brinca, como los sapos. Bueno, la idea es esa.
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